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Nos volvimos expertas en entregar nuestro cuerpo a cambio del susurro de una esperanza imaginaria, que nos hace creer que todo será como hemos pensado. ¡Qué mentira!

Un piano sonaba mientras yo tarareaba la canción que escuchaba a lo lejos. Me encantaba. Era como si cada nota atravesara las paredes hasta llegar a mis oídos. En el coro, podía escuchar la voz del otro lado hacerme compañía mientras yo suspiraba esperando a que nunca acabara.

Así llegó el romance a mi vida. Estaba por cumplir 15 años y casi podía volar con las mariposas que estaban en mi estómago. Un día, sonó el timbre, era él. Vivía justo encima de nuestro apartamento y decidió que quería conocerme. Yo temblaba de emoción.

Esa emoción llegaba cada vez que iniciaba una historia de “amor” en mi vida. Casi que podía decir que sentía un calorcito sobre el corazón que me hacía sentir viva. Era como una campanita que al sonar recordaba que el lugar estaba ocupado hasta nueva orden.

Nos gustan las historias de amor y estamos dispuestas a todo por sentirnos amadas. Soñamos con un hombre perfecto que lea nuestros deseos antes que nosotras digamos una palabra, que nos haga sentir seguras, que nos espere, que nos sostenga, que nos entienda y nos envuelva con su masculinidad. Nada que el Ken de Barbie no pueda ofrecer.

Soñamos con un hombre perfecto que lea nuestros deseos antes que nosotras digamos una palabra.

Esa primera historia no prosperó. Que él fuera 3 años menor que yo, rompió la magia que había llegado con las notas musicales. A los pocos días (muy pocos) conocí a otro hombre, que al parecer ofrecía seguridad y tenía unos cuantos años más que yo. Tal vez él si me podría amar de verdad, me hablaría con palabras cariñosas, tendríamos momentos inolvidables y me haría sentir la mujer más amada del universo.

Estaba lejos de la verdad. Llevábamos 2 años y un día me propuso ir a su casa. Le dije que no, su mirada intensa y el sudor de sus manos me reveló lo que él quería.  Me cogió fuerte de la mano y me llevó casi en contra de mi voluntad. Recuerdo que me decía “tranquila, no voy a dejar que nada malo te pase”. Estaba atrapada entre mi idea del amor y la rudeza del momento. Le creí, no tenía opción.  

Recuerdo mucho que yo pensaba: sé que éste no es el hombre de mi vida (no se parece a Ken) pero ya no podía decir que no. Trataba de darme ánimo al recordar las historias de mis amigas. Ellas me decían que el mal trago pasaría pronto y trataba de consolarme con esas palabras pero tenía que ser honesta conmigo misma y reconocer que allí estaba quedando mi ser.

Mis amigas me decían que el mal trago pasaría pronto y trataba de consolarme con esas palabras pero tenía que ser honesta conmigo misma y reconocer que allí estaba quedando mi ser.

Egoísmo, miedo a la soledad, dependencia emocional, baja autoestima, necesidad de afirmación y deseo de ser importante para alguien, son algunos de los factores que nos llevan a darle permiso a un hombre del que poco sabemos y en el que creemos confiar para darle acceso a nuestro cuerpo y terminar en la cama con él. Nos volvimos expertas en entregarnos por el susurro de una esperanza imaginaria, que nos hace creer que todo será como hemos pensado. ¡Qué mentira!

Hemos escuchado hablar del sexo seguro y de todas las estrategias ofrecidas por el mundo para evitar un embarazo (o una enfermedad venérea), pero, ¿acaso ésos métodos sirven para evitar que el corazón se ensucie de la idea de sentirnos usadas, de la infidelidad, del irrespeto, de la falta de compromiso, de la amargura, de la soledad, del control y de la ansiedad? Es un engaño creer que podemos tener sexo con un hombre que no es nuestro esposo y al día siguiente levantarnos y seguir la vida como si nada hubiera pasado, como si el amor no importara o peor, como si nosotras mismas no importáramos.

La dependencia emocional hace que siempre tengas sed, sed insaciable.  Era mi problema. Negociaba mi cuerpo a cambio de amor. Según mi teoría, la negociación era placer por amor. Creía que en realidad podía haber placer en medio de una situación desequilibrada, pues estaba pasando por encima de mí misma para tener algo que aparentemente me iba a beneficiar. El placer no era en ambas vías.

 

Creía que en realidad podía haber placer en medio de una situación desequilibrada, pues estaba pasando por encima de mí misma para tener algo que aparentemente me iba a beneficiar.

Ahora que estoy casada, estoy totalmente convencida que el plan de Dios para el matrimonio es disfrutar del verdadero placer y la satisfacción sexual entre la pareja. O sea, que los dos tengan total plenitud física y emocional. Poder entregarse por completo al otro sin temores, sin dudas, sin afanes, sin inseguridades, sin egoísmo, sin injusticia, sin juicios y sin tapujos, claramente es la mejor receta para una relación sexual maravillosamente placentera. ¡Que diferencia!

¿Saben mujeres? Tenemos derecho a ser amadas completamente y entregarnos al hombre que decide amarnos de verdad. Tal como sucede en el pacto matrimonial. Pero así como yo lo hice en algún momento, conozco muchas mujeres que no se dan ese derecho. Decididamente se lo niegan. Imaginarse tomar un tiempo de espera para saber si es el momento adecuado antes de tener sexo con un hombre, parece una misión suicida. Las entiendo era mi caso.

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Tuve un tiempo largo de silencio. Necesitaba limpiar mi vida, mi cuerpo, mis pensamientos, mis ideas, mis expectativas. Necesitaba ver el amor como realmente era, sin condiciones, sin dependencia, sin temor. Tenía que romper la idea de que la perfección iba a llegar con Ken, pues ni se trataba de esa perfección (por que era un engaño) ni se trataba de Ken (por que solo Ken existe para Barbie y menos mal yo no soy Barbie).

Necesitaba entender que el sexo es una maravilla y fuera de la voluntad de Dios es un fiasco total. Necesitaba entender que mi cuerpo solo podía ser para un hombre y ese hombre estaría listo para mí y yo para él en el momento adecuado. Necesitaba entender que un noviazgo que está viciado por el sexo, no está motivado por el amor real e incondicional sino por la satisfacción temporal, incompleta y vacía del cuerpo del otro. Necesitaba romper toda dependencia emocional que me hacía perseguir desesperadamente la mirada fría de un hombre. Necesitaba estar segura de que el hombre que Dios tendría para mí, también sabría esperar.

Necesitaba volver a empezar y atreverme a esperar el tiempo necesario para vivir la certeza del amor verdadero. Esta fue mi decisión.

¿Cuál será la tuya?

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